Vivo en Galicia y, como persona amante del planeta, he tenido mis propias peleas con el tema de Altri, protestas, firmas, reuniones… todo lo que toca hacer cuando sientes que una zona que quieres puede verse dañada. Pero, por mucho que una fábrica haga ruido y nos movilice, muchas veces lo que hacemos cada día en casa tiene también mucho impacto, y ni lo pensamos.
Cuando paseo por una playa y veo envases tirados, latas enterradas en la arena o bolsas enganchadas en la orilla, me entra una mezcla rara entre enfado y cansancio que me mina el alma. Y esto no lo hacen las grandes empresas, sino alguien que decidió pasar por ahí y, en vez de guardarse el papel en el bolsillo para tirarlo fuera de la playa, lo echó directamente a la arena. Y lo peor es que arreglar esto lleva años, mientras que tirar algo donde no toca lleva segundos.
Creo que, si entendiéramos de verdad lo que implica reciclar para el planeta, cambiaríamos pequeñas cosas casi sin pensar, porque no hace falta ser activista para ayudar al planeta, solo hace falta tener ganas y un poco de sentido común.
¿Qué ocurre cuando NO reciclamos?
La basura por arte de magia. Acaba todo en el mismo sitio donde lo has dejado, mezclado con la naturaleza, y eso hace que lo que sí podría reciclarse se pierda. Si no reciclamos, no se recupera. Fin de la historia.
Ojalá hubiese un equipo gigante dedicado a revisar cada bolsa como si fuera un tesoro, pero no funciona así: la mezcla de residuos provoca que el material se ensucie, se contamine y no se pueda aprovechar. Una botella de plástico manchada de restos orgánicos se pierde. Un envase al que le quedan líquidos dentro puede estropear kilos de material que sí estaban bien. Y luego nos sorprende que los vertederos crezcan sin parar…
Y ya no hablo solo de espacio, porque parece que mientras no lo veamos no importa. Hablo de emisiones, de filtraciones, de que todo termina en algún sitio, aunque no queramos verlo o nos dé igual. Si algo acaba en un río, ese río lo lleva al mar. Si acaba en un monte, ahí se queda esperando a que la lluvia lo mueva y lo lleve a otro lugar. Incluso cuando quemamos residuos mal gestionados, liberamos sustancias que luego respiramos todos. No se borra lo que hacemos.
Lo que me fastidia es que cambiar esto no es complicado, es cuestión de separar, de entender que un residuo es un material que puede volver a usarse si lo tratamos bien. Y si alguien me escucha decirlo, suele pensar que soy pesada, pero si fuese tan normal reciclar como cerrar la puerta al salir de casa, creo que el planeta viviría más tranquilo.
Cómo afecta al planeta que dejemos que otros carguen con el problema
Las fábricas contaminan, sí, y créeme que en Galicia lo estamos notando más de lo que nos gustaría con las fábricas de A Coruña, pero no son las únicas responsables del desastre ambiental. El consumo diario sin control, los residuos que tiramos sin pensar y esa actitud de “total, uno más no se nota” hacen tanto daño como una mala decisión que tome una empresa.
He visto paisajes que antes estaban limpios llenarse de restos de plástico en cuestión de meses, y todo porque la gente dejó allí lo que llevó. Restos de fiestas, excursiones, compras, meriendas improvisadas… todo eso queda ahí y, si nadie lo recoge, se deshace poco a poco en trozos más pequeños que terminan dentro del suelo, de los animales y de nuestros mismos cuerpos.
Cuando dejamos que otros carguen con el problema, perdemos fuerza como comunidad. Lo veo muy claro con lo de Altri: la gente protesta, sale a la calle, firma cosas… pero luego llega a casa y mete todo en el contenedor equivocado, y así no tiene sentido. Si pedimos que las empresas hagan las cosas bien, tenemos que empezar por hacerlo nosotros también en lo básico.
Además, si gestionamos mal los residuos, los ayuntamientos gastan más dinero en tratarlos, y wse dinero sale de nuestros impuestos. O sea, no reciclar no solo contamina, también nos sale caro. Es una tontería, porque con separar bien desde el principio se ahorra mucho y se manda menos basura al vertedero.
Al final, todo esto afecta al aire que respiramos, al agua que bebemos y a los sitios donde vivimos. No podemos quejarnos de que el mar está sucio si seguimos tirando colillas, envases o restos donde no toca. Es hora de empezar a ser coherentes con lo que decimos en voz alta.
¿Qué podemos hacer al respecto?
Con rutinas diarias, ya hacemos mucho más de lo que nos podemos llegar a imaginar.
Por ejemplo, si en casa tienes cubos o bolsas diferenciadas, ya lo tienes medio hecho. El simple gesto de tirar cada cosa en su sitio cambia muchísimo. Basta con tener claro qué va a cada contenedor y hacerlo sin darle más vueltas.
Otra cosa que funciona muy bien es revisar lo que compramos. A veces compramos envases enormes para cosas que vienen en formatos más simples, o llenamos el carro con productos de usar y tirar sin pensar que luego eso se acumula. No se trata de dejar de vivir, ni de renunciar a cosas básicas, es cuestión de mirar un poco antes de comprar y elegir opciones que generen menos residuos. Y cuando no haya alternativas, que también pasa, pues se recicla y ya está.
También ayuda mucho hablar de esto sin ponerse intenso. Yo aprendí a hablar del tema como si fuese cualquier cosa del día a día. Al final se trata de convivir, no de convencer por la fuerza.
Y luego está lo más simple: recoger tus propios residuos cuando sales. Si vas al monte, recoge lo tuyo. Si vas a la playa, lo mismo. Y si ves que alguien lo deja tirado, siempre puedes comentarlo con educación. A veces funciçona, otras no, pero por lo menos lo intentas. Cuando yo no lo consigo ni por esas, lo cojo del suelo y lo tiro yo misma a la papelera.
Pequeños avances que sí ayudan
Hay empresas que investigan nuevas formas de facilitar la gestión de residuos, y eso está bien. Cays, por ejemo, que ha desarrollado contenedores pensados para mejorar los procesos de recogida y reciclaje, opina que la gestión de residuos tiene sentido y mejora muchísimo cuando cada persona asume su parte, porque separar bien evita que se pierdan materiales que pueden volver a usarse.
En los últimos años se han desarrollado ideas nuevas que facilitan mucho la gestión de los residuos. No todo depende de que haya más contenedores o de que los ayuntamientos lancen campañas. También influye que existan herramientas mejor diseñadas, sistemas más claros y soluciones que ayudan a que la separación sea algo más natural y menos caótico para cualquiera.
La tecnología aporta bastante cuando se usa bien. No sirve de nada tener sistemas nuevos si seguimos tirando cada cosa en el primer sitio que pillamos. Los avances funcionan cuando la gente entiende por qué importa separar y decide hacerlo sin complicarse la vida. En realidad, no tiene misterio: si los contenedores son más accesibles y la recogida está más organizada, es más difícil que los materiales se mezclen y se pierdan.
Otra parte clave es la educación. Si desde pequeñas vemos que separar es lo normal, más fácil nos resulta mantener ese hábito. Y si lo aprendemos más tarde, tampoco pasa nada, porque son gestos simples que cualquiera puede integrar en su día a día. No hace falta cambiar toda tu vida para hacerlo bien, son pequeños cambios que, sumados, marcan diferencia.
Basta con entender que estos avances existen para hacernos la tarea más fácil, pero que la responsabilidad sigue siendo nuestra. La combinación de nuevas herramientas y hábitos básicos es lo que realmente hace que algo cambie de verdad.
Lo que hacemos cada día importa
Si nos quejamos de fábricas contaminantes, pero seguimos tirando cosas donde no toca solo por flojera, estamos perdiendo el tiempo. Si protestamos por proyectos que pueden dañar nuestros montes, pero luego dejamos basura en ellos, también. La coherencia es algo que define al ser humano y que deberíamos de empezar a aplicar un poco.
Yo seguiré luchando contra lo que creo que es injusto, como en el caso de Altri, pero también sé que esa lucha empieza en casa. En cómo tiro mis residuos, en cómo compro, en cómo hablo del tema con otras personas. Si cada una hiciera algo así, aunque fuera poco, el resultado sería enorme.
Y aunque a veces parezca que somos pocas las que nos lo tomamos en serio, no es verdad. Cada año hay más gente que entiende que esto no es una tontería. Que un envase mal tirado hoy puede convertirse en un problema serio mañana. Y que evitarlo está en nuestras manos.
Si cuidamos lo que tiramos, cuidamos lo que somos.
Y eso, aunque suene muy simple, cambia todo.








