España es conocida por sus paisajes, su historia y sus tradiciones. Muchas son las comidas que se asocian a su cultura, como la paella, el jamón ibérico y, por supuesto, el aceite de oliva. Conocido como el «oro líquido», es mucho más que un simple alimento; es el hilo conductor de una historia milenaria. Desde los antiguos fenicios y romanos hasta las modernas almazaras del siglo XXI, el olivo ha sido testigo y protagonista de la evolución de la nación, convirtiendo a España en el principal productor y exportador mundial de este preciado jugo.
La relación de España con el aceite de oliva es un compromiso profundo que se manifiesta en cada rincón de su geografía. El 20% de la superficie mundial de olivar se encuentra en territorio español. Este liderazgo no es casual; es el resultado de siglos de adaptación, innovación y, sobre todo, una dedicación inquebrantable a una agricultura que es, a la vez, una forma de vida y un pilar económico.
Un gigante económico: el liderazgo global de España
El sector oleícola español es un motor económico de una magnitud colosal. Con una media de 1,4 millones de toneladas de aceite de oliva producidas anualmente, España se alza indiscutiblemente como el mayor productor del mundo, superando a países tradicionalmente oleícolas como Italia o Grecia. Este liderazgo se debe a una combinación de factores, incluyendo la vastedad de su superficie de cultivo y la constante modernización de sus técnicas agrícolas e industriales. Según el Consejo Oleícola Internacional (COI), la producción española ha representado en los últimos años más del 50% de la producción total de la Unión Europea y cerca del 40% de la producción mundial. Estas cifras no solo demuestran la hegemonía productora del país, sino también la enorme responsabilidad que recae sobre él para abastecer la demanda global.
El aceite de oliva español no solo se consume a nivel nacional; es un producto de exportación de primer orden. Las cifras del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) demuestran que, en la última campaña, las exportaciones de aceite de oliva y de orujo de oliva alcanzaron volúmenes impresionantes, con Estados Unidos, Italia, Portugal, Francia y China como principales destinos. Este éxito exportador se debe a la alta calidad del producto, que se certifica con una rigurosa trazabilidad y se diversifica en una amplia gama de variedades, cada una con un perfil de sabor único. Esta diversidad se manifiesta en la existencia de múltiples variedades de aceitunas, como la Picual, la Hojiblanca, la Arbequina o la Cornicabra, que dan lugar a aceites con matices de sabor que van desde el amargo y picante hasta el dulce y afrutado.
La clasificación de los aceites de oliva también es una muestra del compromiso con la calidad. El aceite de oliva virgen extra (AOVE) es el de mayor categoría. Se obtiene directamente de las aceitunas y únicamente mediante procedimientos mecánicos, lo que garantiza que no se han utilizado productos químicos en su extracción. Es el jugo de la aceituna en su estado más puro, con propiedades organolépticas y beneficios para la salud intactos. Le siguen el aceite de oliva virgen, que conserva las mismas propiedades de extracción, pero presenta defectos en su sabor o aroma, y el aceite de oliva, que es una mezcla de aceites refinados y vírgenes. Finalmente, el aceite de orujo de oliva se obtiene a partir de los restos de la aceituna una vez prensada. Esta rigurosa clasificación permite al consumidor elegir el producto que mejor se adapta a sus necesidades, sabiendo que está adquiriendo un alimento de calidad certificada.
El corazón de la producción: Jaén, el mar de olivos
Si España es la capital mundial del aceite de oliva, Jaén es, sin duda, su corazón. La provincia andaluza, con su paisaje caracterizado por un infinito «mar de olivos», concentra la mayor producción oleícola del mundo. La cultura, la economía y la identidad de Jaén están intrínsecamente ligadas al cultivo del olivo.
Tal y como se constata en Visita Úbeda y Baeza, la provincia cuenta con 97 municipios que se dedican al cultivo del olivo, cubriendo una superficie de más de 600.000 hectáreas. Para dimensionar esta cifra, se estima que en Jaén se plantan más de 66 millones de olivos, lo que equivale a un olivo por cada tres habitantes del país. Estos datos demuestran la densidad y la extensión de una industria que sustenta a la mayoría de la población rural de la provincia y la convierte en el epicentro de la producción de aceite de oliva. La provincia no solo produce una cantidad ingente de aceite, sino que también es un centro de innovación y desarrollo de nuevas variedades y tecnologías. Este compromiso con la excelencia se refleja en el impulso que se da a las Denominaciones de Origen Protegida (D.O.P.), un sello de calidad que garantiza que el aceite ha sido producido y envasado en una zona geográfica específica y siguiendo unos estándares muy rigurosos. En Jaén, destacan D.O.P. como Sierra Mágina, Sierra de Cazorla y Sierra de Segura, que certifican la calidad y el origen de sus aceites.
Historia y cultura: más allá de la economía
La historia del olivo en la Península Ibérica se remonta a miles de años. Fenicios, griegos y, sobre todo, romanos, introdujeron y perfeccionaron su cultivo. Durante el Imperio Romano, Hispania se convirtió en uno de los principales proveedores de aceite de oliva del mundo, con ánforas de aceite hispano encontradas en yacimientos arqueológicos tan lejanos como Pompeya o la propia Roma. A lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna, el olivo se consolidó como una fuente de riqueza y subsistencia, dando forma a los paisajes y la cultura rural.
La Asociación Española de Municipios del Olivo (AEMO) destaca el papel del olivar como un paisaje cultural que define la identidad de las regiones oleícolas. El olivar ha inspirado a poetas como Antonio Machado y ha dado lugar a festividades, gastronomía y tradiciones que se celebran en toda la geografía española. Las almazaras, o molinos de aceite, no son solo instalaciones industriales; son espacios de reunión y transmisión de un conocimiento ancestral que se ha perfeccionado a lo largo de los siglos.
El aceite de oliva en la gastronomía española
El aceite de oliva es el pilar de la cocina española. Desde el simple y nutritivo pan con tomate y aceite del desayuno hasta los más sofisticados platos de alta cocina, su presencia es indispensable. Se utiliza como base para sofritos, como conservante para alimentos como el atún o las anchoas, y como aderezo final para realzar el sabor de ensaladas y verduras. En Andalucía, el aceite es fundamental en platos tan icónicos como el gazpacho y el salmorejo, mientras que en el Levante se utiliza para el arroz a banda y las paellas. Su alto punto de humo lo hace ideal para freír alimentos de forma saludable, aportando una textura crujiente por fuera y jugosa por dentro. La cocina de autor ha elevado el aceite de oliva a una categoría de ingrediente estrella, con chefs experimentando con sus diferentes variedades para crear experiencias gastronómicas únicas.
La dieta mediterránea tiene al aceite de oliva virgen extra como su ingrediente principal. Sus propiedades saludables, respaldadas por numerosos estudios científicos, lo han convertido en un pilar de una alimentación equilibrada. Esto se debe a que el AOVE es una fuente rica en ácido oleico, un tipo de grasa monoinsaturada que contribuye a mantener los niveles normales de colesterol. Además, contiene importantes antioxidantes como los polifenoles, que protegen a las células del daño oxidativo y que se asocian con un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares.
Desafíos y futuro: innovación y sostenibilidad
A pesar de su posición de liderazgo, el sector oleícola español enfrenta importantes desafíos. El cambio climático es una de las mayores amenazas, con periodos de sequía cada vez más prolongados que afectan la producción. La fluctuación de los precios y la competencia de otros aceites vegetales son también factores que exigen una constante adaptación.
Sin embargo, el sector está respondiendo con un fuerte compromiso con la innovación y la sostenibilidad. La agricultura de precisión, el uso de drones para monitorear los olivares y la optimización del riego son algunas de las tecnologías que se están implementando para maximizar la producción de forma eficiente. Además, se están promoviendo prácticas agrícolas sostenibles, como la gestión integrada de plagas y el uso de técnicas de labranza mínima, para reducir el impacto ambiental y proteger la biodiversidad. Esto es fundamental para la viabilidad a largo plazo del sector. Las almazaras modernas están invirtiendo en sistemas de gestión de residuos para aprovechar al máximo los subproductos de la aceituna, como el orujo y el hueso, para generar energía o compost.
El futuro del aceite de oliva español pasa por seguir invirtiendo en investigación y desarrollo, por promover la calidad del producto y por comunicar de forma efectiva los valores que lo hacen único: su historia, su cultura y sus beneficios para la salud. España está en una posición privilegiada para liderar no solo la producción, sino también la revolución de un sector que seguirá siendo vital para su economía y su identidad en los años venideros. Es un compromiso con el patrimonio rural, con la salud de los consumidores y con la preservación de un paisaje cultural que define la esencia de un país.








